
Descripción de la obra
En esta composición, el maestro Edgard Mata introduce al espectador a un espacio de profunda intimidad, donde conviven lo terrenal y lo onírico bajo una atmósfera estrictamente teatral. La obra es un estudio magistral de la luz y la materia, estructurado a través de un simbolismo inquietante.
La escena está dominada en su cuadrante superior por dos figuras femeninas ataviadas como arlequines. Con los pechos descubiertos, estas figuras se despojan de cualquier artificio para presentarse con una vulnerabilidad casi ritual, observando la escena con una solemnidad inquebrantable. Es una de ellas quien sostiene el eje vital y narrativo de la obra: una vela encendida.
El uso de la luz en este lienzo resulta extremadamente impresionante. De esta única pequeña fuente emana un claroscuro que articula toda la composición, logrando un contraste dramático con los tonos profundos y oscuros que envuelven el estudio. La llama recorta en la penumbra la presencia de tres caballos blancos que emergen del fondo; no son representaciones literales, sino apariciones etéreas, espíritus nobles que parecen haber sido materializados por ese mismo destello.
En el plano inferior, anclando esta visión al mundo del intelecto y la voluntad, reposan sobre una mesa de trabajo varias piezas de ajedrez meticulosamente dispuestas: un rey, una torre y dos peones. Estos elementos, junto a herramientas de labor como un sólido mazo en primer plano y una escalera de madera a la derecha, establecen un diálogo visual sobre la estrategia, la construcción del destino y las distintas dimensiones de la existencia humana.
La materialidad de la obra es fundamental para comprender su dimensión plástica. Mata ejecuta esta pieza utilizando pigmentos naturales, una elección técnica que requiere de una absoluta erudición en el oficio. Esta decisión es visible en la textura terrosa de la superficie, en la vibración de los ocres cálidos y en la riqueza mate de los blancos translúcidos de los caballos. El uso de estos pigmentos minerales y orgánicos le otorga al lienzo una cualidad táctil innegable; la pintura no solo ilustra, sino que respira a través de la materia, permitiendo que ese impresionante resplandor focalizado resbale sobre superficies que se perciben vivas y densas.
Se trata de una pieza de un hermetismo fascinante, donde el rigor del oficio, la pureza de los materiales y la soberbia ejecución de la iluminación convergen para crear un universo silente y visualmente inagotable.